La cama sin él
Entre la independencia y el nosotros.
Hace días que no escribo. No por falta de ganas, sino porque, como a veces me pasa, me dejo llevar por otras rutinas y pierdo el balance. Cuando abrí este Substack, me prometí que sería constante, que la escritura tendría un lugar fijo en mi semana. Y lo cumplí… hasta que, irónicamente, el entusiasmo de escribir me llevó a descuidar otras cosas que también me hacen bien, como mover el cuerpo. Soy aplicada, sí, pero todavía estoy aprendiendo a no entregarme por completo a una sola cosa. Ni a entrenar seis veces por semana olvidándome de escribir, ni a quedarme escribiendo hasta las tres de la mañana olvidándome de dormir bien. Sigo buscando ese punto medio entre lo que mueve mi cuerpo y lo que mueve mi mente.
La semana pasada, Andrés se fue de viaje cinco días. No es mucho, pero fueron suficientes para que notara algo que me sorprendió: en casi nueve años viviendo juntos, y en estos casi cuatro en la casa actual, nunca había dormido sola aquí. Me di cuenta de que me cuesta dormir sin él. No un poco… mucho. Y me dio risa. Risa y, al mismo tiempo, cierta inquietud.
No porque crea que dependo de él, porque tengo mis actividades, mi trabajo, mis amigas, mis espacios… sino porque descubrí que el momento de ir a dormir se ha convertido en un ritual compartido. Cepillarnos los dientes, ponernos la pijama, hablar un poco de lo que haremos al día siguiente… y entonces sí, apagar la luz. Cuando él no está, ese orden natural se rompe.
Curiosamente, si soy yo la que viaja, puedo dormir sin problema. En un hotel, en otra cama, me adapto rápido. Pero aquí, en nuestra cama, sin él, siento que todavía no es hora de dormir. Como si la cama fuera más nuestra que mía, y su ausencia dejara la noche inconclusa.
No sé si esto es bueno, malo o simplemente humano. Lo que sí sé es que, así como busco equilibrar mis rutinas, también me gustaría entrenar la calma de estar en este espacio sola… y que igual sea hogar.
Antes de vivir con Andrés, pasé cinco o seis años viviendo sola, y ahí aprendí a disfrutar de mi solitud. Me acostumbré a mis tiempos, a mis silencios, a cenar conmigo misma sin sentir que faltaba algo. No es un tema de miedo: no me asusta dormir sola, ni estar en mi casa sin compañía. Más bien es que, con el tiempo, mi vida se ha tejido alrededor de un nosotros, y ciertos hábitos (como el de dormir) se han vuelto un acto de dos.
A veces pienso que nuestra cama es como una página que escribimos entre los dos cada noche: él pone una línea, yo otra, y así hasta que el sueño nos cierra el libro. Cuando él no está, la historia se queda a medias, como si las sábanas esperaran su parte del cuento. Y yo me quedo ahí, entre el hueco tibio y la almohada intacta, recordando que, aun en la ausencia, este sigue siendo nuestro lugar.




Tan cierto la cama es un ritual de platicas profundas de pensamientos tanto efímeros como planear viajes o la vida, tan cierto que nadie se detiene a pensar y yo yo no me detenía a pensar lo escencia de el ritual para dormir y al igual que tu no es un espanto de repente dormir sola porque sabemos estar en soledad si no todo lo contrario esa compañía ese hecho de que aún profundamente dormida sabes que está ahí es la añoranza del ritual de cada noche lo básico pero lo esencial.
Te entiendo perfecto, mi esposo se fue 4 días y dormí fatal... pero bueno a veces extrañarnos nos pone en perspectiva y nos permite volver a agradecer dónde estamos.